
S A N S Ó N Y LA SABIDURÍA
Caminábamos, mi perro y yo, por un bosque al atardecer. La espesura del follaje apenas dejaba filtrar la luz solar que paulatinamente declinaba sin remedio. Al pronto, Sansón, comenzó a olfatear las hojas húmedas que cubrían el sendero mezcladas con las ramas desprendidas de su tronco vital. Su ahínco e inhabitual interés con que emprendió esta actividad me sorprendió y decidí seguirle en su cada vez más imperiosa y rápida búsqueda por espacios que se alejaban de la ruta marcada. No tuve que seguirle mucho para dar con el motivo del rastro que tan impetuosamente había despertado la curiosidad en Sansón. Sobre las raíces desenterradas de un gigantesco árbol milenario descubrí un libro, a primera vista, con los bordes de las hojas roídos, seguramente por alguna ardilla curiosa y, a unos pocos metros, una cantimplora. Aparte de esto, ninguna otra cosa parecía alterar el natural paisaje selvático en las inmediaciones.
Tras preguntar en voz alta si había alguien por allí y dar una vuelta por los alrededores sin obtener respuesta, no pude resistirme a tomar el libro. Al tacto estaba húmedo, por lo que deduje que debía de llevar allí cierto tiempo difícil de determinar. La cubierta era dura y bellamente decorada con arabescos dorados repujados artesanalmente por unas hábiles manos. No aparecía el nombre de ningún autor. Pero lo más intrigante y hasta sobrecogedor, diría yo, era el título... Lo releí hasta tres veces por si con ello me inspiraba cuál podría ser el tema de su contenido, pero me resultó infructuoso. Así que decidí abrirlo para hojearlo pero cuál fue mi sorpresa que me resultaba imposible despegar la cubierta de las hojas. El libro se mantenía férreamente cerrado a pesar de mis esfuerzos cada vez más intensos. Sansón, que me observaba expectante, comenzó a ladrar como si presintiera que no debía de persistir en mi empeño. Ante mi sorpresa y frustración, resolví llevármelo para estudiar su misterio más reflexivamente. Además, la oscuridad de la noche comenzaba a envolvernos así como el frío húmedo iniciaba su penetración en los huesos. Animé a Sansón a retornar, a paso ligero, en dirección a la aldea.
Al llegar al poblado, la noche ya era cerrada y las estrellas relucían intensas en el firmamento. En los linderos de una de las ocho cabañas, cuatro nativos jugaban al dominó, como siempre, alrededor de una mesa hecha de madera rústicamente configurada y sentados en troncos de árbol sin más pulimento ni tallaje que la erosión habida por el uso y la intemperie natural de años y años de permanencia. A los jugadores, les acompañaban unos odres conteniendo algún brebaje espirituoso y fumaban hierbas que habían seleccionado y cuidadosamente recogido y tratado ellos mismos, originarias de zonas determinadas de la selva.
Sansón corrió hacia ellos para saludarles, izando sus patas delanteras y apoyándolas sobre el borde del tablero a la vez que, jadeando por el esfuerzo realizado, los miraba de hito en hito reclamando ser correspondido con unas caricias o algún comentario, a lo cual todos contribuyeron de alegre manera. Al tener al animal asociado conmigo, acto seguido levantaron la cabeza para buscarme y hacerme extensivo el saludo. Rápidamente observaron que portaba algo en la mano izquierda y cuando estaba a su altura no tardaron en preguntarme de qué se trataba. Respondí que había encontrado por azar, con ayuda de Sansón, unos objetos raros en aquellos contextos, sobre todo, el libro y que debía llevar varios días abandonado en aquél lugar. No sabía en qué circunstancias podía haber llegado allí dicho enser ni qué podía haber sido del dueño. Los presentes me escuchaban muy atentos y en silencio. Comentaron en unísono que no habían percibido ningún acontecimiento ni persona fuera de lo común y cotidiano desde hacía tiempo.
Superando mi inicial reticencia a decirlo, les confesé, tras un cierto tiempo de silencio durante el cuál parecíamos estar todos cavilando algo, que lo más sorprendente aún era que el libro no podía abrirse. Sus hojas estaban sólidamente pegadas formando todo un bloque compacto como si de un ladrillo se tratara. De pronto, como si hubiesen sido iluminados en ese preciso momento, me miraron fijamente con los ojos muy abiertos y expresión de estupor, hasta que alguien, saliendo del trance, exclamó:
-- ¡Está hechizado!
-- ¡O embrujado!- enfatizó otro.
Asintieron con la cabeza los otros dos.
Pensé que quizás ya llevaban un buen rato reunidos y el alcohol y las yerbas habían comenzado a hacer su efecto. Pero, yo tampoco tenía una explicación razonable.
A continuación se fueron levantando uno detrás de otro y, sin dejar de mirar el libro, como si de una amenaza inminente y vital se tratara, fueron despidiéndose y emprendieron la marcha despavoridos. Sansón les ladraba como ordenándoles que permanecieran allí, pero sin resultado. Pensé que serían supersticiones de nativos, aunque no acababa de entender el misterio de todo aquello. Al quedarme solo en la única compañía de mi can, decidí dejar para el siguiente día la resolución de todas aquellas incógnitas que me bombardeaban la cabeza y me hacían latir el corazón más deprisa y opté por catar el contenido de uno de los odres que mis circunstanciales vecinos habían dejado olvidado por el miedo sobrevenido inesperadamente.
Tomé tres tragos de aquel líquido espeso y amargo con olor a flores silvestres. Al cuarto sorbo, comencé a sentirme reconfortado y sereno. Mis neuronas ya no me bullían en el cerebro. Dando paso a una percepción más intensa o clara de mis sentidos. Aunque no parecía afectarme, notaba el frío de la noche, veía más nítido el cielo que me techaba y casi podía contar fácilmente las estrellas; los árboles del rededor adquirían silueta y la oscuridad se hacía visible. Mi respiración se me hacía audible. Comprendí que estaba entrando en éxtasis. Como por descuido tomé el libro misterioso que había dejado abandonado sobre la encimera de aquella supuesta mesa y al tratar de asirlo con una mano el libro se abrió, sus hojas empezaron a resbalárseme entre los dedos. Comencé a dudar de si lo anterior había sido un sueño o si era ahora cuando estaba atrapado en él. Sujetándolo delicadamente con ambas manos, por temor a que se cerrase nuevamente, comencé a pasar hojas de manera desordenada, sin detenerme mucho en las páginas que calculo serían del orden de las trescientas o cuatrocientas y me pareció apreciar que contenía temas de matemáticas, de geografía y geometría, textos filosóficos y relatos literarios y... no sé de cuántos temas más, creo otros esotéricos, de biología humana y vegetal, y otros que no sabría encuadrar.
El día amaneció con algunos nubarrones oscuros en el cielo. Tuve que despertar a Sansón, que dormitaba a los pies de mi camastro hecho de caña y de grandes hojas autóctonas de la región. No recordaba nada de cómo pude llegar a mi habitáculo la noche anterior. Supuse que debí de quedarme dormido y en estado de semisonambulismo, conseguiría, como transportado en una nube, alcanzar mi lecho.
A pesar de la llovizna que comenzaba a desprenderse de las nubes, salí de la casa para dirigirme a la población más cercana, apenas cubierto por un fino chubasquero con capucha que Susana había dejado allí olvidado o quizás abandonado en alguna de las ocasiones que fue a visitarme, así como otros objetos personales que supongo le serían innecesarios para su existencia cotidiana. Sansón emitió dos ladridos de liberación y salió corriendo, como enloquecido, hacia ninguna parte, pues al llegar a un punto del camino, frenaba y volvía corriendo con el mismo desasosiego en dirección contraria. Supongo que era su manera de expresar la alegría y excitación que le producía empezar un nuevo día al aire libre, fresco y húmedo de la serranía.
Tras dos kilómetros en ligera pendiente, importantes para poner los músculos en actividad, alcancé la plaza del pueblo. Entré en la taberna: a pesar de la hora vespertina, el aire ya estaba cargado de humo y olor a tabaco mezclado con los aromas del alcohol. Me dirigí a la barra para pedirle a Melissa, una mujer afable, de buen parecido a pesar de sus treinta y ocho años de vida en un medio rural, un café con leche, una tostada de pan con tomate, aceite y sal, acompañado de una copa de anís. Me acomodé en una mesa desocupada adosada a la pared y ubicada en un discreto rincón del local. Sansón, hizo lo propio a mis pies en el húmedo suelo, aunque esparcido de serrín haciendo de secante de pisadas y otros líquidos.
Con la mirada perdida en los cristales de la puerta de entrada, pero sin ver realmente el exterior, pensaba en el misterioso hallazgo del día anterior y cuál podía ser su significado. No habían pasado diez minutos cuando Melissa comenzó a depositar en la mesa el desayuno solicitado. Tras un intercambio de bromas referidas a nuestro aspecto físico; pues aunque mi estancia en aquellos entornos era relativamente reciente, ya había habido ocasiones para que pudiésemos alcanzar una comunicación más personal y distendida; facilitada, sobre todo, por el humor e inteligencia naturales de Melissa. Me dispuse a degustar con afán el deseado alimento cuando... noté una presencia a mi espalda. Intenté volver la cabeza, pero fué innecesario: un hombre, ataviado con una gabardina negra y larga hasta los tobillos y con gorro de agua, se detuvo ante mi mesa. Su rostro estaba tenso, y lo percibí agresivo; durante unos instantes traté de adivinar lo que quería de mi, pero el silencio que nos separaba no duró mucho. Con voz pausada y grave me dijo:
-- Sé que usted tiene el libro de la sabiduría y del amor...y he venido a recuperarlo. Debe estar en el lugar que le corresponde, y a salvo de desaprensivos, para evitar el mal uso que se le pueda dar. Debe confiar en mí.-
Intentaba ver su rostro, pero no era fácil, ya que el cuello de su gabardina estaba levantado. Mientras, Sansón, olisqueaba sus pantalones...
Al apercibirse de que no hacía intención de responderle, continuó:
-- El manuscrito debe ser entregado a la comunidad de los seres "comilitrones" en el monte Euki, cerca de aquí. Mañana mismo. Su vida depende de ello... -Hizo ademán de girarse con la intención de dirigirse hacia la salida, cuando volvió a centrar su mirada en mí para terminar su discurso:
-- Quizás no volvamos a vernos... ¡Hágame caso!
Sansón, en el centro del local, con las cuatro patas como clavadas en el suelo, seguía, con mirada expectante la desaparición del desconocido tras cerrar la puerta al salir.
Pasados escasos minutos, salí a la intemperie del día. Inspiré profundamente y ensanché los pulmones para llenarlos del aire fresco y húmedo para, quizás así, conseguir aclararme las ideas y sensaciones que se aglomeraban sin orden ni concierto en mi cabeza.
Pasé toda la noche dando vueltas a las palabras pronunciadas por el individuo de la gabardina negra, del que no sabía ni tan siquiera su nombre, e intentando poner en orden todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, desde el momento que el libro cayó en mis manos. Sentía gran curiosidad por conocer su contenido y todo el misterio que se cernía sobre él. De repente me hice consciente del impacto que me estaba causando el acontecimiento, pues no me había ni enterado del día, a partir del instante en que el personaje en cuestión había desaparecido, y me encontraba dando vueltas en la cama. Un día en blanco: sin recuerdos ni acontecimientos que revisar ni emociones que revivir. Además, faltaba poco para el amanecer y tenía que tomar la decisión de si obedecer al insólito mandato de un desconocido o escuchar a mi sentido común... ¡Pero había una amenaza! ¡Mi vida dependía de ello! dijo. Pero, a pesar de la conminación amenazante, no fue lo que me determinó. Fue mi indomable curiosidad... Y sobretodo, que, comportamiento extrañísimo en él: Sansón llevaba ya un rato deambulando, con notoria impaciencia, por el porche de la cabaña.
Antes de que despuntara el sol. Todavía reinando la oscuridad de la noche, y entre la silueta de las montañas lejanas se vislumbraba la luz mezclada de amarillo y rojo fuego anunciando el despertar del nuevo día. Augurio de una jornada despejada y soleada a pesar de ser otoño. Me vestí y me calcé apresuradamente las botas e introduje algunos víveres y otros utensilios en la mochila. Me dispuse para subir al monte Euki a encontrarme con los seres comilitrones.
Algunos aldeanos iniciaban los preparativos para una nueva jornada de trabajo. Tomé la dirección del río. Crucé el vetusto puente de madera, pero imperecedero. A varios metros llegué a un cruce de caminos y elegí el de la derecha, iniciando la ascensión por un desnivel todavía amplio y suave. El astro rey ya se dibujaba casi completo entre las cumbres. Sansón corría hacia delante, exploraba entre la vegetación y volvía a mí como intentando apresurarme en mi andar.
Llevaba una hora caminando cuando alcancé un recodo en que la vegetación era más baja y se podía divisar el impresionante panorama paisajístico que se extendía a mis pies. Debía de haber ascendido ya al menos 400 metros. Aunque no había estado con anterioridad en el lugar al que me dirigía, sabía que en ese punto en que estaba tenía que dejar la vía principal y tomar un estrecho sendero a la izquierda, difícil de localizar si no se prestaba la debida atención. Efectivamente, sobre una corteza de árbol sostenida por un tronco aparecía una flecha que indicaba la dirección del monte Euki. Desde luego no parecía un sitio muy visitado a juzgar por el estado de abandono en que se encontraba, pensé.
Bebí agua de la cantimplora y me dispuse a ascender por una vía mucho más empinada, estrecha y de suelo muy irregular, seco, a pesar de las recientes lloviznas del día anterior, con hoyos y piedras sueltas que hacía sufrir a cada paso. Sansón, aunque ostensiblemente cansado, jadeaba pero intentaba no perder el ritmo en ningún momento. A pesar del cansancio que empezaba a acusar, tenía claro que quería llegar hasta el final de todo aquel asunto. No sin antes descubrir el contenido del misterioso libro. Miré a mi alrededor y comprobé una vez más que estaba sólo con Sansón. Así que intenté abrir el libro que tantos problemas me estaba causando, sin obtener resultados. Y opté por reintentarlo más adelante.
El camino, seguía haciéndose más angosto y escarpado. Ascendía serpenteando inexorablemente. Cada vez que me detenía a descansar e ingerir líquido y compartir el agua con Sansón, tenía la oportunidad de observar el valle, cada vez más profundo, más alejado, como si se viese desde la toma de un satélite. Pero ya apenas quedaba agua y se la cedí a Sansón. La vista se me nublaba y el paisaje perdía progresivamente más nitidez. Cumbres cercanas que me habían parecido altas, ahora las percibía pequeñas. Habían transcurrido aproximadamente cuatro horas desde que salí de la población y ni atisbo de ser humano en todo el trayecto. Tan sólo el vuelo en círculo de un águila parecía acompañarnos vigilante. Con todo, mirando hacia la cumbre, me hacía creer que no debía de faltar mucho, pues ya no la divisaba. Sin embargo, el sendero permanecía inmutable, mudo e implacable. Bajo el deshabitual calor, la deshidratación, el agotamiento y la falta de aire cada vez ostensiblemente más notoria, desfallecí, desplomándome sobre las piedras duras e ingratas del terreno. No sé cuanto tiempo permanecí caído sobre el suelo.
Cuando abrí los ojos, vi la cara de un hombre diminuto, que agitaba enérgicamente un artilugio extraño, propio de tribus salvajes del Amazonas. Me miraba expectante, y balbuceaba algo que no entendía; mientras tanto, intentaba incorporarme y recordar lo que me había pasado, desde el momento que perdi el conocimiento. Cuando vi aquel lugar, lleno de hombres y mujeres diminutos..... me sorprendí; creí que los poblados indígenas, ya pertenenecían a la historia. Me encontraba ante una situación, desconocida e insegura. Puse todos los mecanismos de defensa a funcionar, pero...se colapsaban, y mis pulsaciones iban en preocupante aumento. Me dije, que lo más importante en aquel momento era mantener la calma; pero no podía dejar de pensar en cómo hacerme entender por aquellas gentes, y decirles que, no pretendía hacerles daño. Sólo se me ocurria, a través de gestos, expresiones y tonos de voz, pensé, pero....¿sería suficiente? Me dije que tenía que intenarlo. De pronto, saltó a mi mente como un resorte, Sansón; ¿dónde estaba?, no le veía por ningúna parte, tampoco le oía ladrar,....y sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, como un presagio de que algo no iba tan bien como esperaba.
Pasados lo primeros momentos de estupor y desasosiego, comencé a tomar conciencia de la situación: divisé a Sansón chapoteando en una especie de alberca natural a los pies de una cascada de agua, proveniente de algún manantial más arriba. Me extrañó verle sumergido en el agua, pues no era el elemento que precisamente más le gustara, pero acto seguido comprobé que le acompañaba otro canino. Deduje que de sexo complementario. ¡Sansón había hecho amistades! Sansón y su nueva amiga, jugaban, flirteaban, se abrazaban, se mordisqueaban, se zambullían y saltaban en una danza a todas luces privada, envolvente y amorosa. Ajeno totalmente a mí y a mi accidentada situación. No obstante, esto me reconfortó y me hizo presentir que no debíamos de estar en un medio hostil.
Al tiempo que localizaba con la mirada a Sansón, se me acercó una mujer joven con rasgos delicados, ofreciéndome un cuenco con comida, y haciéndome gestos claros de invitación a que degustara su contenido. Sonreí ante tal ofrecimiento, aún sin estar seguro que entendería el significado de mi sonrisa. Sentí su tímida mirada con cierto rubor, y respeto, e intentaba a la vez descifrar aquella sociedad que nada tenía que ver con la mía. Comí, aquello, que a pesar de no tener muy buen aspecto, su sabor no era rechazable. Un pueblo perfectamente organizado, respetuoso, y amable, a juzgar por mis recientes vivencias. Construido con forma circular, como si todos fueran miembros de una gran familia.
De pronto recordé cuál había sido el motivo de mi visita a aquél mágico lugar, y pensé -!el libro!, !mi mochila!- busqué a alguien para que me dijera dónde estaban mis pequeñas, o grandes pertenencias, pero parecía que todo el mundo había desaparecido. Miré la hora en mi reloj, pero este no funcionaba, probablemente cuando me desvanecí se golpeó y.... de repente una dulce voz me sobresaltó:
-- ¡Hola Paul!
Me volví hacia aquella voz. Desconcertado, desorientado, mentalmente desubicado... me quedé petrificado y noté cómo un nudo se me hacía en la garganta y el interior de la boca se quedaba seca. Atónito, no pude balbucear ni un simple hola: era Melissa?
Melissa: la mujer que me atendía en el bar. Totalmente transformada. Con el cabello suelto, incluso me parecía más esbelta y con rostro reluciente y mirada tan serena como penetrante. Envuelta su desnudez bajo una túnica blanca de gasa transparente. Sin ese pelo apresurada y despreocupadamente recogido, sin ese mandil o bata azul oscuro y amplio de faena y sin esas botas katiuskas a las que estaba acostumbrado a ver. No acertaba a concluir quién era Melissa. La verdadera Melissa. Ahora tan impresionante y a la vez natural y sencilla.
-- Observo que ya te has recuperado. Entiendo que estés sorprendido.-
Continuó:
-- No te asustes, te lo explicaré todo.
Con la tranquilidad y ternura que una madre da las buenas noches a su hijo en la cama, Melissa se sentó sobre el catre que yo, medio incorporado, ocupaba bajo un chambao construido de madera, caña y barro. Bajo un cielo ya plomizo, antesala del crepúsculo, Melissa comenzó pausadamente su relato:
El libro está a buen recaudo, en el sitio que debe de estar y acompañado por la comunidad de los seres comilitrones, a algunos de las cuales ya has conocido. Aunque no viene al caso cómo llegó a tu poder, yo esa misma noche en que volviste a tu hacienda ya lo sabía.
En realidad, el libro es mágico pero no tiene ningún misterio. En él se recoge todo el saber acumulado por la humanidad, pero no sólo sus contenidos corresponden al pasado, también contiene futuros.
-- ¿Cómo? ¿También recoge lo que a la humanidad le queda por saber? - Indagué. Sorprendido de haber podido articular una frase entera.
Melissa continuó:
-- Verás,... sólo puede ser abierto en momentos en que el estado mental de la persona está en disposición de aprender de sí mismo. ¡Esa es su magia!
-- ¡Joder, no entiendo nada! - Exclamé. Ya más dueño de mí mismo.
-- Sus páginas están todas en blanco. No hay nada escrito en él. Recordarás que no tiene autor ni título. Tan sólo está hermosamente encuadernado. Es antiquísimo, pero no aparece ninguna fecha inscrita ni conocida.- Prosiguió pacientemente.
-- ¡A ver si lo entiendo! Hubo un momento en que conseguí hojearlo y vi muchas cosas. Reconozco que a simple vista me parecieron un tanto desordenadas, pero llegué a identificar y reconocer formulas matemáticas que estudié en la escuela,... autores y textos filosóficos y de psicología, imágenes de sitios y ciudades que he visitado o visto, incluso... escenas de relaciones sexuales... ¡pufff!... imágenes de un parto, homínidos prehistóricos antepasados nuestros. También, quiero recordar, que vi fotos de guerras, de insectos... Pero, sobre todo, y esto fue lo que me asustó: reviví y experimenté distintas sensaciones y emociones muy guardadas. Me pareció reconocer a personas allegadas o que en algún momento de mi vida tuve relación... En fin, no quise darle más credibilidad porque había bebido un poco. Pero no tanto como para no estar seguro de que aquel libro no estaba en blanco, ¡ni mucho menos!... Y ahora ¿me estás diciendo que allí no había nada? ¿Que es como una pantalla de cine y quien proyecta la película soy yo?...
-- ¡Exactamente, Paul! - rompió su estado de escucha mi interlocutora.- Todo lo que aparece impreso y también sentido son los conocimientos, los saberes, las vivencias, los sentimientos y las emociones que el pretendido lector posee o son él mismo,... pero también los pensamientos y los pensamientos también pueden proyectarse al futuro. Pues eso, de igual manera pueden aparecer situaciones aún no desarrolladas, incluso de ciencia ficción. Los folios en blanco son el espejo de tu alma y el alma es atemporal. Pero el alma no se acaba en uno mismo: tú has compartido tu alma con otros seres y ellos han compartido la suya contigo y también con las cosas inertes y materiales y seres vivos en general. ¡Porque no comunicar es imposible! sencillamente.
Melissa, incansable, hilvanó:
-- Y aún hay más: todo el acervo de experiencias tenidas por nuestros ancestros se transmiten a las sucesivas generaciones, no sólo por la comunicación, sino también por los genes. No de una manera mimética o lineal, pero sí de forma dispersa o diluida en el ADN y en nuestro inconsciente. De ahí que aunque creamos que al nacer comenzamos a desarrollarnos al igual que un neonato hace veinte siglos o cincuenta millones de años, no es así. Somos el último peldaño de la especie. Por eso, lo que pensamos y hacemos es lo que va conformando nuestra alma y eso es lo que vamos a transmitir y compartir con nuestros coetáneos y lo que vamos a aportar a las generaciones por venir.
Por eso te digo que el Libro de la Sabiduría y del Amor contiene el acervo de la Humanidad y hay que leerlo con nuestro inconsciente, que es la Gran Despensa de lo que realmente es el ser humano.
-- ¡Basta Melissa por favor, me siento como una pequeñísima gota en un océano! - Me corroboró con un ligero asentimiento de cabeza.
Acto seguido y notando mi agotamiento mental, se incorporó para tomarme la cara entre sus dos manos y acercando su rostro, me depositó con sus labios una suave brisa en los míos. Me tomó de la mano para conducirme hacia un lugar más discreto y más íntimo. Mientras abandonábamos el lugar, como instintivamente, volví la cabeza. Allí, en los aledaños estaba Sansón, mirándonos sobre sus cuatro patas y una expresión que quise entender de complacencia.
Súbitamente, de repente, sin pensar nada... ¡lo entendí todo! Se me impuso a la mente con una nitidez y transparencia jamás experimentada.
En realidad todo había sido por obra y arte de Sansón: él me condujo al misterioso manuscrito; su inquietud me decidió a devolver el hallazgo; su tenacidad me arrastró a conocer a Melissa y a aprender algo más de mí y de todos.
No volví a ver a Sansón. También desapareció su nueva amiga. Pero nadie los vio partir juntos.
EPÍLOGO
"Nadie conoce el verdadero nombre del maestro zen al que llamaban el Monje de la Túnica de Piedra. Vivía solo en los aledaños del templo de Hakuin y solía acudir al Gran Maestro de vez en cuando.
Individuo solitario, el maestro era tan pobre que ni siquiera tenía su propia túnica. Durante las noches muy frías, solía caminar alrededor de su cabaña llevando una roca hasta que él entraba en calor. De esta manera, los lugareños empezaron a llamarle el Monje de la Túnica de Piedra.
Después desapareció. Nadie sabe donde murió, pero la roca que él solía llevar consigo está todavía frente a su cabaña."
(Thomas Cleary)
Autor: OH BILBAO
Caminábamos, mi perro y yo, por un bosque al atardecer. La espesura del follaje apenas dejaba filtrar la luz solar que paulatinamente declinaba sin remedio. Al pronto, Sansón, comenzó a olfatear las hojas húmedas que cubrían el sendero mezcladas con las ramas desprendidas de su tronco vital. Su ahínco e inhabitual interés con que emprendió esta actividad me sorprendió y decidí seguirle en su cada vez más imperiosa y rápida búsqueda por espacios que se alejaban de la ruta marcada. No tuve que seguirle mucho para dar con el motivo del rastro que tan impetuosamente había despertado la curiosidad en Sansón. Sobre las raíces desenterradas de un gigantesco árbol milenario descubrí un libro, a primera vista, con los bordes de las hojas roídos, seguramente por alguna ardilla curiosa y, a unos pocos metros, una cantimplora. Aparte de esto, ninguna otra cosa parecía alterar el natural paisaje selvático en las inmediaciones.
Tras preguntar en voz alta si había alguien por allí y dar una vuelta por los alrededores sin obtener respuesta, no pude resistirme a tomar el libro. Al tacto estaba húmedo, por lo que deduje que debía de llevar allí cierto tiempo difícil de determinar. La cubierta era dura y bellamente decorada con arabescos dorados repujados artesanalmente por unas hábiles manos. No aparecía el nombre de ningún autor. Pero lo más intrigante y hasta sobrecogedor, diría yo, era el título... Lo releí hasta tres veces por si con ello me inspiraba cuál podría ser el tema de su contenido, pero me resultó infructuoso. Así que decidí abrirlo para hojearlo pero cuál fue mi sorpresa que me resultaba imposible despegar la cubierta de las hojas. El libro se mantenía férreamente cerrado a pesar de mis esfuerzos cada vez más intensos. Sansón, que me observaba expectante, comenzó a ladrar como si presintiera que no debía de persistir en mi empeño. Ante mi sorpresa y frustración, resolví llevármelo para estudiar su misterio más reflexivamente. Además, la oscuridad de la noche comenzaba a envolvernos así como el frío húmedo iniciaba su penetración en los huesos. Animé a Sansón a retornar, a paso ligero, en dirección a la aldea.
Al llegar al poblado, la noche ya era cerrada y las estrellas relucían intensas en el firmamento. En los linderos de una de las ocho cabañas, cuatro nativos jugaban al dominó, como siempre, alrededor de una mesa hecha de madera rústicamente configurada y sentados en troncos de árbol sin más pulimento ni tallaje que la erosión habida por el uso y la intemperie natural de años y años de permanencia. A los jugadores, les acompañaban unos odres conteniendo algún brebaje espirituoso y fumaban hierbas que habían seleccionado y cuidadosamente recogido y tratado ellos mismos, originarias de zonas determinadas de la selva.
Sansón corrió hacia ellos para saludarles, izando sus patas delanteras y apoyándolas sobre el borde del tablero a la vez que, jadeando por el esfuerzo realizado, los miraba de hito en hito reclamando ser correspondido con unas caricias o algún comentario, a lo cual todos contribuyeron de alegre manera. Al tener al animal asociado conmigo, acto seguido levantaron la cabeza para buscarme y hacerme extensivo el saludo. Rápidamente observaron que portaba algo en la mano izquierda y cuando estaba a su altura no tardaron en preguntarme de qué se trataba. Respondí que había encontrado por azar, con ayuda de Sansón, unos objetos raros en aquellos contextos, sobre todo, el libro y que debía llevar varios días abandonado en aquél lugar. No sabía en qué circunstancias podía haber llegado allí dicho enser ni qué podía haber sido del dueño. Los presentes me escuchaban muy atentos y en silencio. Comentaron en unísono que no habían percibido ningún acontecimiento ni persona fuera de lo común y cotidiano desde hacía tiempo.
Superando mi inicial reticencia a decirlo, les confesé, tras un cierto tiempo de silencio durante el cuál parecíamos estar todos cavilando algo, que lo más sorprendente aún era que el libro no podía abrirse. Sus hojas estaban sólidamente pegadas formando todo un bloque compacto como si de un ladrillo se tratara. De pronto, como si hubiesen sido iluminados en ese preciso momento, me miraron fijamente con los ojos muy abiertos y expresión de estupor, hasta que alguien, saliendo del trance, exclamó:
-- ¡Está hechizado!
-- ¡O embrujado!- enfatizó otro.
Asintieron con la cabeza los otros dos.
Pensé que quizás ya llevaban un buen rato reunidos y el alcohol y las yerbas habían comenzado a hacer su efecto. Pero, yo tampoco tenía una explicación razonable.
A continuación se fueron levantando uno detrás de otro y, sin dejar de mirar el libro, como si de una amenaza inminente y vital se tratara, fueron despidiéndose y emprendieron la marcha despavoridos. Sansón les ladraba como ordenándoles que permanecieran allí, pero sin resultado. Pensé que serían supersticiones de nativos, aunque no acababa de entender el misterio de todo aquello. Al quedarme solo en la única compañía de mi can, decidí dejar para el siguiente día la resolución de todas aquellas incógnitas que me bombardeaban la cabeza y me hacían latir el corazón más deprisa y opté por catar el contenido de uno de los odres que mis circunstanciales vecinos habían dejado olvidado por el miedo sobrevenido inesperadamente.
Tomé tres tragos de aquel líquido espeso y amargo con olor a flores silvestres. Al cuarto sorbo, comencé a sentirme reconfortado y sereno. Mis neuronas ya no me bullían en el cerebro. Dando paso a una percepción más intensa o clara de mis sentidos. Aunque no parecía afectarme, notaba el frío de la noche, veía más nítido el cielo que me techaba y casi podía contar fácilmente las estrellas; los árboles del rededor adquirían silueta y la oscuridad se hacía visible. Mi respiración se me hacía audible. Comprendí que estaba entrando en éxtasis. Como por descuido tomé el libro misterioso que había dejado abandonado sobre la encimera de aquella supuesta mesa y al tratar de asirlo con una mano el libro se abrió, sus hojas empezaron a resbalárseme entre los dedos. Comencé a dudar de si lo anterior había sido un sueño o si era ahora cuando estaba atrapado en él. Sujetándolo delicadamente con ambas manos, por temor a que se cerrase nuevamente, comencé a pasar hojas de manera desordenada, sin detenerme mucho en las páginas que calculo serían del orden de las trescientas o cuatrocientas y me pareció apreciar que contenía temas de matemáticas, de geografía y geometría, textos filosóficos y relatos literarios y... no sé de cuántos temas más, creo otros esotéricos, de biología humana y vegetal, y otros que no sabría encuadrar.
El día amaneció con algunos nubarrones oscuros en el cielo. Tuve que despertar a Sansón, que dormitaba a los pies de mi camastro hecho de caña y de grandes hojas autóctonas de la región. No recordaba nada de cómo pude llegar a mi habitáculo la noche anterior. Supuse que debí de quedarme dormido y en estado de semisonambulismo, conseguiría, como transportado en una nube, alcanzar mi lecho.
A pesar de la llovizna que comenzaba a desprenderse de las nubes, salí de la casa para dirigirme a la población más cercana, apenas cubierto por un fino chubasquero con capucha que Susana había dejado allí olvidado o quizás abandonado en alguna de las ocasiones que fue a visitarme, así como otros objetos personales que supongo le serían innecesarios para su existencia cotidiana. Sansón emitió dos ladridos de liberación y salió corriendo, como enloquecido, hacia ninguna parte, pues al llegar a un punto del camino, frenaba y volvía corriendo con el mismo desasosiego en dirección contraria. Supongo que era su manera de expresar la alegría y excitación que le producía empezar un nuevo día al aire libre, fresco y húmedo de la serranía.
Tras dos kilómetros en ligera pendiente, importantes para poner los músculos en actividad, alcancé la plaza del pueblo. Entré en la taberna: a pesar de la hora vespertina, el aire ya estaba cargado de humo y olor a tabaco mezclado con los aromas del alcohol. Me dirigí a la barra para pedirle a Melissa, una mujer afable, de buen parecido a pesar de sus treinta y ocho años de vida en un medio rural, un café con leche, una tostada de pan con tomate, aceite y sal, acompañado de una copa de anís. Me acomodé en una mesa desocupada adosada a la pared y ubicada en un discreto rincón del local. Sansón, hizo lo propio a mis pies en el húmedo suelo, aunque esparcido de serrín haciendo de secante de pisadas y otros líquidos.
Con la mirada perdida en los cristales de la puerta de entrada, pero sin ver realmente el exterior, pensaba en el misterioso hallazgo del día anterior y cuál podía ser su significado. No habían pasado diez minutos cuando Melissa comenzó a depositar en la mesa el desayuno solicitado. Tras un intercambio de bromas referidas a nuestro aspecto físico; pues aunque mi estancia en aquellos entornos era relativamente reciente, ya había habido ocasiones para que pudiésemos alcanzar una comunicación más personal y distendida; facilitada, sobre todo, por el humor e inteligencia naturales de Melissa. Me dispuse a degustar con afán el deseado alimento cuando... noté una presencia a mi espalda. Intenté volver la cabeza, pero fué innecesario: un hombre, ataviado con una gabardina negra y larga hasta los tobillos y con gorro de agua, se detuvo ante mi mesa. Su rostro estaba tenso, y lo percibí agresivo; durante unos instantes traté de adivinar lo que quería de mi, pero el silencio que nos separaba no duró mucho. Con voz pausada y grave me dijo:
-- Sé que usted tiene el libro de la sabiduría y del amor...y he venido a recuperarlo. Debe estar en el lugar que le corresponde, y a salvo de desaprensivos, para evitar el mal uso que se le pueda dar. Debe confiar en mí.-
Intentaba ver su rostro, pero no era fácil, ya que el cuello de su gabardina estaba levantado. Mientras, Sansón, olisqueaba sus pantalones...
Al apercibirse de que no hacía intención de responderle, continuó:
-- El manuscrito debe ser entregado a la comunidad de los seres "comilitrones" en el monte Euki, cerca de aquí. Mañana mismo. Su vida depende de ello... -Hizo ademán de girarse con la intención de dirigirse hacia la salida, cuando volvió a centrar su mirada en mí para terminar su discurso:
-- Quizás no volvamos a vernos... ¡Hágame caso!
Sansón, en el centro del local, con las cuatro patas como clavadas en el suelo, seguía, con mirada expectante la desaparición del desconocido tras cerrar la puerta al salir.
Pasados escasos minutos, salí a la intemperie del día. Inspiré profundamente y ensanché los pulmones para llenarlos del aire fresco y húmedo para, quizás así, conseguir aclararme las ideas y sensaciones que se aglomeraban sin orden ni concierto en mi cabeza.
Pasé toda la noche dando vueltas a las palabras pronunciadas por el individuo de la gabardina negra, del que no sabía ni tan siquiera su nombre, e intentando poner en orden todo lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, desde el momento que el libro cayó en mis manos. Sentía gran curiosidad por conocer su contenido y todo el misterio que se cernía sobre él. De repente me hice consciente del impacto que me estaba causando el acontecimiento, pues no me había ni enterado del día, a partir del instante en que el personaje en cuestión había desaparecido, y me encontraba dando vueltas en la cama. Un día en blanco: sin recuerdos ni acontecimientos que revisar ni emociones que revivir. Además, faltaba poco para el amanecer y tenía que tomar la decisión de si obedecer al insólito mandato de un desconocido o escuchar a mi sentido común... ¡Pero había una amenaza! ¡Mi vida dependía de ello! dijo. Pero, a pesar de la conminación amenazante, no fue lo que me determinó. Fue mi indomable curiosidad... Y sobretodo, que, comportamiento extrañísimo en él: Sansón llevaba ya un rato deambulando, con notoria impaciencia, por el porche de la cabaña.
Antes de que despuntara el sol. Todavía reinando la oscuridad de la noche, y entre la silueta de las montañas lejanas se vislumbraba la luz mezclada de amarillo y rojo fuego anunciando el despertar del nuevo día. Augurio de una jornada despejada y soleada a pesar de ser otoño. Me vestí y me calcé apresuradamente las botas e introduje algunos víveres y otros utensilios en la mochila. Me dispuse para subir al monte Euki a encontrarme con los seres comilitrones.
Algunos aldeanos iniciaban los preparativos para una nueva jornada de trabajo. Tomé la dirección del río. Crucé el vetusto puente de madera, pero imperecedero. A varios metros llegué a un cruce de caminos y elegí el de la derecha, iniciando la ascensión por un desnivel todavía amplio y suave. El astro rey ya se dibujaba casi completo entre las cumbres. Sansón corría hacia delante, exploraba entre la vegetación y volvía a mí como intentando apresurarme en mi andar.
Llevaba una hora caminando cuando alcancé un recodo en que la vegetación era más baja y se podía divisar el impresionante panorama paisajístico que se extendía a mis pies. Debía de haber ascendido ya al menos 400 metros. Aunque no había estado con anterioridad en el lugar al que me dirigía, sabía que en ese punto en que estaba tenía que dejar la vía principal y tomar un estrecho sendero a la izquierda, difícil de localizar si no se prestaba la debida atención. Efectivamente, sobre una corteza de árbol sostenida por un tronco aparecía una flecha que indicaba la dirección del monte Euki. Desde luego no parecía un sitio muy visitado a juzgar por el estado de abandono en que se encontraba, pensé.
Bebí agua de la cantimplora y me dispuse a ascender por una vía mucho más empinada, estrecha y de suelo muy irregular, seco, a pesar de las recientes lloviznas del día anterior, con hoyos y piedras sueltas que hacía sufrir a cada paso. Sansón, aunque ostensiblemente cansado, jadeaba pero intentaba no perder el ritmo en ningún momento. A pesar del cansancio que empezaba a acusar, tenía claro que quería llegar hasta el final de todo aquel asunto. No sin antes descubrir el contenido del misterioso libro. Miré a mi alrededor y comprobé una vez más que estaba sólo con Sansón. Así que intenté abrir el libro que tantos problemas me estaba causando, sin obtener resultados. Y opté por reintentarlo más adelante.
El camino, seguía haciéndose más angosto y escarpado. Ascendía serpenteando inexorablemente. Cada vez que me detenía a descansar e ingerir líquido y compartir el agua con Sansón, tenía la oportunidad de observar el valle, cada vez más profundo, más alejado, como si se viese desde la toma de un satélite. Pero ya apenas quedaba agua y se la cedí a Sansón. La vista se me nublaba y el paisaje perdía progresivamente más nitidez. Cumbres cercanas que me habían parecido altas, ahora las percibía pequeñas. Habían transcurrido aproximadamente cuatro horas desde que salí de la población y ni atisbo de ser humano en todo el trayecto. Tan sólo el vuelo en círculo de un águila parecía acompañarnos vigilante. Con todo, mirando hacia la cumbre, me hacía creer que no debía de faltar mucho, pues ya no la divisaba. Sin embargo, el sendero permanecía inmutable, mudo e implacable. Bajo el deshabitual calor, la deshidratación, el agotamiento y la falta de aire cada vez ostensiblemente más notoria, desfallecí, desplomándome sobre las piedras duras e ingratas del terreno. No sé cuanto tiempo permanecí caído sobre el suelo.
Cuando abrí los ojos, vi la cara de un hombre diminuto, que agitaba enérgicamente un artilugio extraño, propio de tribus salvajes del Amazonas. Me miraba expectante, y balbuceaba algo que no entendía; mientras tanto, intentaba incorporarme y recordar lo que me había pasado, desde el momento que perdi el conocimiento. Cuando vi aquel lugar, lleno de hombres y mujeres diminutos..... me sorprendí; creí que los poblados indígenas, ya pertenenecían a la historia. Me encontraba ante una situación, desconocida e insegura. Puse todos los mecanismos de defensa a funcionar, pero...se colapsaban, y mis pulsaciones iban en preocupante aumento. Me dije, que lo más importante en aquel momento era mantener la calma; pero no podía dejar de pensar en cómo hacerme entender por aquellas gentes, y decirles que, no pretendía hacerles daño. Sólo se me ocurria, a través de gestos, expresiones y tonos de voz, pensé, pero....¿sería suficiente? Me dije que tenía que intenarlo. De pronto, saltó a mi mente como un resorte, Sansón; ¿dónde estaba?, no le veía por ningúna parte, tampoco le oía ladrar,....y sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, como un presagio de que algo no iba tan bien como esperaba.
Pasados lo primeros momentos de estupor y desasosiego, comencé a tomar conciencia de la situación: divisé a Sansón chapoteando en una especie de alberca natural a los pies de una cascada de agua, proveniente de algún manantial más arriba. Me extrañó verle sumergido en el agua, pues no era el elemento que precisamente más le gustara, pero acto seguido comprobé que le acompañaba otro canino. Deduje que de sexo complementario. ¡Sansón había hecho amistades! Sansón y su nueva amiga, jugaban, flirteaban, se abrazaban, se mordisqueaban, se zambullían y saltaban en una danza a todas luces privada, envolvente y amorosa. Ajeno totalmente a mí y a mi accidentada situación. No obstante, esto me reconfortó y me hizo presentir que no debíamos de estar en un medio hostil.
Al tiempo que localizaba con la mirada a Sansón, se me acercó una mujer joven con rasgos delicados, ofreciéndome un cuenco con comida, y haciéndome gestos claros de invitación a que degustara su contenido. Sonreí ante tal ofrecimiento, aún sin estar seguro que entendería el significado de mi sonrisa. Sentí su tímida mirada con cierto rubor, y respeto, e intentaba a la vez descifrar aquella sociedad que nada tenía que ver con la mía. Comí, aquello, que a pesar de no tener muy buen aspecto, su sabor no era rechazable. Un pueblo perfectamente organizado, respetuoso, y amable, a juzgar por mis recientes vivencias. Construido con forma circular, como si todos fueran miembros de una gran familia.
De pronto recordé cuál había sido el motivo de mi visita a aquél mágico lugar, y pensé -!el libro!, !mi mochila!- busqué a alguien para que me dijera dónde estaban mis pequeñas, o grandes pertenencias, pero parecía que todo el mundo había desaparecido. Miré la hora en mi reloj, pero este no funcionaba, probablemente cuando me desvanecí se golpeó y.... de repente una dulce voz me sobresaltó:
-- ¡Hola Paul!
Me volví hacia aquella voz. Desconcertado, desorientado, mentalmente desubicado... me quedé petrificado y noté cómo un nudo se me hacía en la garganta y el interior de la boca se quedaba seca. Atónito, no pude balbucear ni un simple hola: era Melissa?
Melissa: la mujer que me atendía en el bar. Totalmente transformada. Con el cabello suelto, incluso me parecía más esbelta y con rostro reluciente y mirada tan serena como penetrante. Envuelta su desnudez bajo una túnica blanca de gasa transparente. Sin ese pelo apresurada y despreocupadamente recogido, sin ese mandil o bata azul oscuro y amplio de faena y sin esas botas katiuskas a las que estaba acostumbrado a ver. No acertaba a concluir quién era Melissa. La verdadera Melissa. Ahora tan impresionante y a la vez natural y sencilla.
-- Observo que ya te has recuperado. Entiendo que estés sorprendido.-
Continuó:
-- No te asustes, te lo explicaré todo.
Con la tranquilidad y ternura que una madre da las buenas noches a su hijo en la cama, Melissa se sentó sobre el catre que yo, medio incorporado, ocupaba bajo un chambao construido de madera, caña y barro. Bajo un cielo ya plomizo, antesala del crepúsculo, Melissa comenzó pausadamente su relato:
El libro está a buen recaudo, en el sitio que debe de estar y acompañado por la comunidad de los seres comilitrones, a algunos de las cuales ya has conocido. Aunque no viene al caso cómo llegó a tu poder, yo esa misma noche en que volviste a tu hacienda ya lo sabía.
En realidad, el libro es mágico pero no tiene ningún misterio. En él se recoge todo el saber acumulado por la humanidad, pero no sólo sus contenidos corresponden al pasado, también contiene futuros.
-- ¿Cómo? ¿También recoge lo que a la humanidad le queda por saber? - Indagué. Sorprendido de haber podido articular una frase entera.
Melissa continuó:
-- Verás,... sólo puede ser abierto en momentos en que el estado mental de la persona está en disposición de aprender de sí mismo. ¡Esa es su magia!
-- ¡Joder, no entiendo nada! - Exclamé. Ya más dueño de mí mismo.
-- Sus páginas están todas en blanco. No hay nada escrito en él. Recordarás que no tiene autor ni título. Tan sólo está hermosamente encuadernado. Es antiquísimo, pero no aparece ninguna fecha inscrita ni conocida.- Prosiguió pacientemente.
-- ¡A ver si lo entiendo! Hubo un momento en que conseguí hojearlo y vi muchas cosas. Reconozco que a simple vista me parecieron un tanto desordenadas, pero llegué a identificar y reconocer formulas matemáticas que estudié en la escuela,... autores y textos filosóficos y de psicología, imágenes de sitios y ciudades que he visitado o visto, incluso... escenas de relaciones sexuales... ¡pufff!... imágenes de un parto, homínidos prehistóricos antepasados nuestros. También, quiero recordar, que vi fotos de guerras, de insectos... Pero, sobre todo, y esto fue lo que me asustó: reviví y experimenté distintas sensaciones y emociones muy guardadas. Me pareció reconocer a personas allegadas o que en algún momento de mi vida tuve relación... En fin, no quise darle más credibilidad porque había bebido un poco. Pero no tanto como para no estar seguro de que aquel libro no estaba en blanco, ¡ni mucho menos!... Y ahora ¿me estás diciendo que allí no había nada? ¿Que es como una pantalla de cine y quien proyecta la película soy yo?...
-- ¡Exactamente, Paul! - rompió su estado de escucha mi interlocutora.- Todo lo que aparece impreso y también sentido son los conocimientos, los saberes, las vivencias, los sentimientos y las emociones que el pretendido lector posee o son él mismo,... pero también los pensamientos y los pensamientos también pueden proyectarse al futuro. Pues eso, de igual manera pueden aparecer situaciones aún no desarrolladas, incluso de ciencia ficción. Los folios en blanco son el espejo de tu alma y el alma es atemporal. Pero el alma no se acaba en uno mismo: tú has compartido tu alma con otros seres y ellos han compartido la suya contigo y también con las cosas inertes y materiales y seres vivos en general. ¡Porque no comunicar es imposible! sencillamente.
Melissa, incansable, hilvanó:
-- Y aún hay más: todo el acervo de experiencias tenidas por nuestros ancestros se transmiten a las sucesivas generaciones, no sólo por la comunicación, sino también por los genes. No de una manera mimética o lineal, pero sí de forma dispersa o diluida en el ADN y en nuestro inconsciente. De ahí que aunque creamos que al nacer comenzamos a desarrollarnos al igual que un neonato hace veinte siglos o cincuenta millones de años, no es así. Somos el último peldaño de la especie. Por eso, lo que pensamos y hacemos es lo que va conformando nuestra alma y eso es lo que vamos a transmitir y compartir con nuestros coetáneos y lo que vamos a aportar a las generaciones por venir.
Por eso te digo que el Libro de la Sabiduría y del Amor contiene el acervo de la Humanidad y hay que leerlo con nuestro inconsciente, que es la Gran Despensa de lo que realmente es el ser humano.
-- ¡Basta Melissa por favor, me siento como una pequeñísima gota en un océano! - Me corroboró con un ligero asentimiento de cabeza.
Acto seguido y notando mi agotamiento mental, se incorporó para tomarme la cara entre sus dos manos y acercando su rostro, me depositó con sus labios una suave brisa en los míos. Me tomó de la mano para conducirme hacia un lugar más discreto y más íntimo. Mientras abandonábamos el lugar, como instintivamente, volví la cabeza. Allí, en los aledaños estaba Sansón, mirándonos sobre sus cuatro patas y una expresión que quise entender de complacencia.
Súbitamente, de repente, sin pensar nada... ¡lo entendí todo! Se me impuso a la mente con una nitidez y transparencia jamás experimentada.
En realidad todo había sido por obra y arte de Sansón: él me condujo al misterioso manuscrito; su inquietud me decidió a devolver el hallazgo; su tenacidad me arrastró a conocer a Melissa y a aprender algo más de mí y de todos.
No volví a ver a Sansón. También desapareció su nueva amiga. Pero nadie los vio partir juntos.
EPÍLOGO
"Nadie conoce el verdadero nombre del maestro zen al que llamaban el Monje de la Túnica de Piedra. Vivía solo en los aledaños del templo de Hakuin y solía acudir al Gran Maestro de vez en cuando.
Individuo solitario, el maestro era tan pobre que ni siquiera tenía su propia túnica. Durante las noches muy frías, solía caminar alrededor de su cabaña llevando una roca hasta que él entraba en calor. De esta manera, los lugareños empezaron a llamarle el Monje de la Túnica de Piedra.
Después desapareció. Nadie sabe donde murió, pero la roca que él solía llevar consigo está todavía frente a su cabaña."
(Thomas Cleary)
Autor: OH BILBAO
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